Cuando hablamos de turismo, sobre todo en Buenos Aires, solemos pensar en la calle Corrientes, el Obelisco o los bosques de Palermo. Poco imaginamos un paseo por una zona industrial y, menos aún, por espacios que en algunos casos se encuentran abandonados. Sin embargo, esto también es turismo: una manera de conocer nuestra historia y preservar aquello que forma parte de nuestra identidad. Con esa idea comienza el recorrido “Avellaneda industrial”, un tour gratuito organizado por la Municipalidad de Avellaneda para recuperar y poner en valor parte de la historia de la ciudad.
Una ciudad marcada por la industria
El recorrido comenzó cerca del centro de Avellaneda, atravesando la zona de los siete puentes, en Gerli. La mayoría, construidos en hierro, fueron fabricados en Inglaterra y trasladados hasta nuestro país. Su construcción fue compleja y costosa, y representó, según nos explicó la guía, una muestra del avance económico de aquella época. Antes de ellos, los puentes eran de madera y mucho más precarios. Uno de los más importantes es el puente transbordador Nicolás Avellaneda, estrechamente relacionado con la industria nacional y con la historia fabril de la zona.
A partir de allí, comenzamos a conocer los orígenes de esa historia industrial. En sus comienzos, Avellaneda —entonces Barracas al Sur, mientras que Barracas al Norte se encontraba en lo que hoy es la Ciudad de Buenos Aires— estaba poblada de galpones destinados al almacenamiento de granos y carnes. El paisaje era gris, atravesado por el humo y las chimeneas.
Continuando el itinerario, ingresamos por la avenida Güemes y atravesamos el barrio del mismo nombre, característico de los años 90 por la presencia del Alto Avellaneda. Allí también se encuentra una antigua estación de tren que actualmente funciona como museo ferroviario.
Pero el paisaje que hoy observamos es muy diferente al de aquella época. La transformación de la economía fue modificando también el aspecto de la zona. Donde actualmente se encuentra el shopping había depósitos textiles y también se lavaba lana. Un ejemplo es la antigua lanera Alonso, cuyo edificio actualmente forma parte de la Universidad Nacional de Avellaneda. Los residuos de aquellas actividades eran tan abundantes que, según se contaba, parecía que nevaba.
En relación con este desarrollo industrial, la llegada de numerosos inmigrantes fue fundamental para el crecimiento de la zona. Primero se asentaron en las inmediaciones del primer puerto de la ciudad de Buenos Aires, en La Boca y la Isla Maciel, y luego fueron llegando hacia el sur, acompañando la instalación de nuevas industrias.
Los saladeros fueron una de las primeras grandes actividades industriales. Después de la epidemia de fiebre amarilla de 1871, los establecimientos cercanos a Plaza de Mayo comenzaron a trasladarse al otro lado del Riachuelo. De esta manera, los puestos de trabajo también empezaron a concentrarse en esta zona.
Además de transformar el paisaje y generar fuentes de trabajo, la actividad industrial fue dejando su huella en otros aspectos de la vida de Avellaneda. Incluso la historia del fútbol local está relacionada con los trabajadores. Muchos de los que llegaron desde Inglaterra se reunían después de sus largas jornadas laborales para jugar partidos, y de esos encuentros fueron surgiendo algunos de los clubes más importantes de la ciudad, como Racing e Independiente.


De las grandes fábricas a las cooperativas
Continuando con el recorrido, ya en Gerli pasamos frente a la famosa fábrica Durax, ubicada entre Lanús y Avellaneda y actualmente convertida en cooperativa. En sus instalaciones hay murales que cuentan parte de la historia de la fábrica y de la industria de la zona y del país.
La avenida Pavón, actualmente Hipólito Yrigoyen, era antiguamente la vía que conectaba la ciudad de Buenos Aires con la zona sur. En tiempos de las carretas, allí funcionaban algunas postas de descanso. Y es justamente en este sector donde encontramos otro capítulo de la historia industrial de Avellaneda.
La fábrica Durax comenzó a funcionar en 1888 y, durante su época de esplendor, llegó a tener aproximadamente 3.000 trabajadores. En 1999 cerró sus puertas, en el contexto de la crisis de aquellos años. Sin embargo, la historia no terminó allí: entre 2001 y 2002 fue recuperada por sus trabajadores y volvió a funcionar como cooperativa, aunque inicialmente con apenas 60 empleados. El panorama que encontraron no era sencillo. Se habían producido saqueos y habían desaparecido instrumentos de trabajo e incluso hornos. Tampoco había fondos suficientes para afrontar los servicios. Con la asistencia del Banco de la Provincia de Buenos Aires, la fábrica pudo comenzar a reabrir sus instalaciones de manera progresiva.
Actualmente, la cooperativa cuenta con unos 300 trabajadores y exporta a distintos países, según nos explicó la guía. De esta manera, lo que alguna vez fue una gran fábrica volvió a convertirse en una fuente de trabajo.
Este proceso de recuperación contrasta con el destino de muchas otras fábricas de la zona que quedaron abandonadas. Algunas de ellas terminaron convirtiéndose incluso en espacios de juego para los niños que recorrían e indagaban en aquellos lugares, ya sin vida industrial.

Donde hubo obreros, ahora hay estudiantes
Otro de los ejemplos que encontramos durante el recorrido es la actual Universidad Nacional de Avellaneda. Para llegar hasta ella, nos trasladamos hacia la zona de Piñeyro, donde funcionaron numerosos lavaderos de lana.
Avellaneda fue pionera en esta actividad, que permitía darle un valor agregado al producto antes de comercializarlo. Llegaron a existir más de cien lavaderos, con tres o cuatro establecimientos por cuadra. Sin embargo, con el paso del tiempo esta actividad también comenzó a desaparecer. El proceso comenzó durante la década de 1970, en el contexto de la dictadura, y terminó de cerrarse en los años 90. Con la desaparición de las fábricas, Piñeyro quedó prácticamente como un pueblo fantasma, no por la ausencia de habitantes, sino por la pérdida del movimiento fabril y económico.
Al igual que en otras zonas dedicadas a la actividad textil, también aquí se decía que nevaba, esta vez por los residuos de la lana.
Ya en la Universidad Nacional de Avellaneda pudimos observar la antigua chimenea del lavadero de lanas Alonso. Se conserva como parte del patrimonio de la ciudad y de la propia universidad, como una huella visible de aquel pasado industrial.
Pero si el cierre de las fábricas había hecho desaparecer buena parte del movimiento del barrio, la llegada de la universidad volvió a darle vida a la zona, esta vez con estudiantes procedentes de distintos lugares.
Las carreras que allí se dictan también guardan relación con la identidad de Avellaneda: periodismo deportivo, porque es considerada la capital nacional del fútbol; enfermería, por la presencia de numerosos hospitales públicos; ambiente, por la cercanía del Riachuelo; y turismo, como una manera de mostrar y recuperar la propia historia.
En este punto del recorrido aparece con claridad una de las ideas centrales que nos transmitió la guía: otorgar un nuevo valor a estos espacios. Donde antes hubo obreros trabajando y construyendo la patria, hoy hay hijos de obreros construyendo conocimiento. Al mismo tiempo, se busca que los vecinos participen de esa reconstrucción de la memoria.
Siam Di Tella y las huellas de la industria
Avanzando un poco más, otro de los lugares por los que pasamos fue la antigua fábrica Siam Di Tella, fundada por Torcuato Di Tella. Sus comienzos estuvieron vinculados con la fabricación de amasadoras de pan, cuya demanda aumentó a partir de nuevas leyes que impedían el amasado manual.
Más adelante llegaron las heladeras y los lavarropas. La demanda era tan grande que, en determinados momentos, quienes querían comprar una heladera debían esperar hasta un año para recibirla.
Durante la década del 50, los hijos de Di Tella continuaron y ampliaron la actividad industrial con la fabricación de motocicletas —entre ellas la famosa Siambretta— y automóviles. Sin embargo, en los años 90, afectada por la crisis, la empresa cerró definitivamente.
A diferencia de lo ocurrido con la antigua lanera Alonso, que encontró una nueva función en la universidad, el predio de Siam conserva actualmente el paisaje industrial de abandono que caracteriza a otros sectores de Avellaneda.


El Riachuelo y la memoria de los trabajadores
Más adelante, nos trasladamos hacia la zona de la calle Pellegrini, junto al Riachuelo. Allí aparece otra de las consecuencias de la historia industrial: la contaminación.
Según nos explicó la guía, el río acumula más de dos siglos de contaminación. Durante mucho tiempo, las industrias arrojaron sus desechos directamente al agua en lugar de contar con plantas de tratamiento. Entre las primeras actividades se encontraban las curtiembres, instaladas en la zona de la actual Ciudad de Buenos Aires. Se decía que, en aquellos años, el Riachuelo llegaba a teñirse de rojo por la sangre bovina y la grasa.
Pero las curtiembres no fueron las únicas industrias vinculadas con esta zona. En Avellaneda también estuvo La Estrella, una de las primeras industrias de la ciudad, dedicada a la fabricación de velas y jabones.
El recorrido continuó luego por algunas cristalerías hasta llegar a una de las esculturas más conocidas de la zona: el Coloso, obra de Alejandro Marmo. La figura representa al gran descamisado que, el 17 de octubre de 1945, cruza el Riachuelo para reclamar la liberación de Juan Domingo Perón. La obra tiene más de quince metros de altura y fue realizada con materiales provenientes de distintas fábricas. Su presencia permite recuperar aquella jornada en la que, bloqueados los accesos a la Capital Federal, trabajadores organizados cruzaron nadando el Riachuelo para llegar a Plaza de Mayo.
La historia del lugar también guarda otros episodios dramáticos. Más adelante, al pasar por el puente Bosch, recordamos la tragedia ocurrida en 1930, cuando un tranvía cayó desde el puente durante una mañana de mucha niebla mientras trasladaba a un grupo de trabajadores. El accidente ocurrió alrededor de las seis y media de la mañana y dejó numerosos muertos, con apenas cuatro sobrevivientes. Una de las teorías sostiene que el conductor no pudo advertir por la niebla que el puente se encontraba elevado; otra, que no logró frenar a tiempo. Lo cierto es que el tranvía terminó cayendo al Riachuelo.
Ya cerca del final del trayecto, volvimos a detenernos en la cuestión ambiental y en los cambios producidos durante las últimas décadas. Actualmente, las industrias cuentan con políticas de saneamiento destinadas a evitar que continúe el deterioro del río. Pero, además de las empresas, también los propios vecinos pueden contribuir a la contaminación.
El otro lado del esplendor industrial
Finalmente, llegamos al ingreso del primer frigorífico de Avellaneda: La Negra. Luego de la epidemia de fiebre amarilla, el establecimiento llegó a tener unos 3.000 trabajadores distribuidos en distintos turnos. Allí trabajaban hombres, mujeres y también niños, algunos desde los 14 años. Las jornadas podían extenderse entre 12 y 14 horas y no existían las medidas de seguridad que hoy consideramos habituales.
Estos datos permiten mirar de otra manera el denominado esplendor del modelo agroexportador. Detrás del crecimiento económico también existían largas jornadas, salarios difíciles y condiciones laborales muy duras. Por eso, en ese contexto comenzaron a surgir distintas huelgas y movimientos de trabajadores.
Pero la historia de Avellaneda no puede entenderse únicamente a partir de sus fábricas. También está atravesada por la inmigración y por las distintas corrientes políticas que llegaron junto con esos trabajadores.
En ese sentido, la guía recordó que Nicolás Avellaneda, quien le dio su nombre a la ciudad, impulsó una ley destinada a favorecer la llegada de inmigrantes. Según explicó, el objetivo era atraer familias con recursos, aunque finalmente también llegaron trabajadores con distintas ideologías políticas, entre ellas el comunismo y el marxismo.
Este viaje por la historia nos llevó entonces hacia la calle Mariano Ferreyra y la estación Kosteki y Santillán, nombres que remiten a acontecimientos mucho más recientes de la historia argentina. El 26 de junio de 2002, distintas organizaciones se concentraron con la intención de cruzar el puente Pueyrredón y llegar a la Capital Federal. Ese día, los manifestantes Maximiliano Kosteki y Darío Santillán fueron asesinados por la policía con balas de plomo cuando intentaban cruzar el puente. De esta manera, la memoria de aquel episodio también forma parte del paisaje de Avellaneda.
Una ciudad que conserva sus huellas
Después de recorrer fábricas, cooperativas, antiguos establecimientos industriales, espacios educativos, puentes y lugares atravesados por distintos acontecimientos históricos, el recorrido permite volver sobre aquella idea planteada al comienzo: Avellaneda también puede ser conocida a través de su patrimonio industrial.
Detrás de las fábricas abandonadas, de las chimeneas que todavía permanecen en pie, de las cooperativas, las universidades y las esculturas, aparecen las historias de quienes trabajaron, llegaron, construyeron, lucharon y transformaron este territorio.
Por eso, recorrer estos lugares permite entender que el patrimonio no está compuesto solamente por edificios antiguos o monumentos. También está en las historias que esos espacios conservan y en la posibilidad de darles nuevos sentidos.
Eso es, quizás, lo que busca transmitir “Avellaneda industrial”: que conocer una ciudad también significa mirar aquello que muchas veces queda fuera de los circuitos turísticos tradicionales y descubrir, allí, una parte fundamental de su identidad.







