Recorrer la zona del Riachuelo es encontrarse con la historia, con los barcos, con la Buenos Aires industrial de comienzos del siglo pasado y también con historias poco conocidas que merecen ser contadas. Es por esto que el recorrido por la Isla Maciel no podía terminar sin visitar uno de sus lugares más emblemáticos: un museo lleno de historia y nostalgia. Hablamos del Museo Carpintero de Ribera, propiedad de Horacio Eusebi.
Para entrar en contexto, antes de ser recibidos por el dueño, nuestro guía nos contó brevemente la historia del lugar:
“Pocho Eusebi fue el último carpintero de ribera que arreglaba los botecitos que están en el Riachuelo, y Horacio, su hijo, empezó a ver que era una profesión que se estaba perdiendo, y decidió juntar las herramientas de su padre y armar un museo, su sueño de toda la vida. Horacio veía que La Boca tenía un importante afluente turístico y pensaba que aquí también podía haber un atractivo que trajera visitantes, teniendo una historia tan similar al barrio porteño”.
Al llegar, fuimos amablemente recibidos por Horacio, quien nos hizo conocer, a través de su relato, este apasionante mundo donde convergen el pasado y el presente:
“La carpintería de ribera es el oficio de la reparación, del armado de grandes barcos de madera o botes pequeños. Mi viejo fue carpintero y en los últimos años se dedicó a reparar los botes del cruce, que funcionan ahora. Para nosotros esos botes son emblemáticos. Ese laburo lo hacía acá en el patio, y me pareció que era bueno contar esa historia, porque es un oficio que se perdió, acá no quedó ninguno. Queda alguno en la zona de Tigre, pero acá se perdió. Incluso, los que quedan, lo hacen con métodos más modernos; ya no se calafatea, por ejemplo. En definitiva, me parecía bueno contar esta historia, mostrar las herramientas de mi viejo y de mi abuelo, que también era carpintero de ribera de la isla, hijo del tano que vino en 1892 desde Ancona. Él, mi bisabuelo, con mi bisabuela, vinieron cuando trabajaban en los barcos. Ella reparaba las velas, y cuando llegaron a la Isla se pusieron a trabajar en el astillero Mihanovich, que fue el primer astillero grande.
Fueron muchos los inmigrantes que vinieron a esta zona y nosotros somos parte de ese grupo de tanos que llegaron e hicieron grande al país y dieron inicio a ese Buenos Aires industrial, que arrancó en esta zona”.


Una forma de sostener el proyecto
El circuito por la Isla Maciel, organizado por el municipio de Avellaneda, es totalmente gratuito y, por eso, el recorrido por el museo también lo es. Pero, como todo emprendimiento, también necesita de un sostén económico. Por eso, Horacio ha preparado el “Pocho Bar”, un servicio de parrilla para quienes arriban al lugar, con venta de choris y lomitos hechos en el momento, además de algunas bebidas para acompañar.
Terminar el recorrido degustando el lomo que nos prepararon fue uno de los mejores momentos del día.
“Uno de los sostenes de todo este proyecto es el Pocho Bar, en el que hacemos chori y lomo, de lo mejor. Ya que la isla siempre tiene el preconcepto de que acá está lo peor, bueno, nosotros decidimos traer lo mejor. Hay que resaltar que ese menú incluye una bebida”, nos contaba Horacio.
Luego de degustar ese delicioso plato parrillero, Horacio comenzó a mostrarnos el arte del calafateado: el proceso de reparación y el cambio de maderas de las embarcaciones, a través de las herramientas que conserva de su padre. Un verdadero viaje a la historia, que vale la pena ver en vivo y en directo, observando esas antiguas herramientas que, inevitablemente, nos trasladan a épocas pretéritas.
También nos contaba el dueño que, contrariamente a lo que han hecho muchos familiares de carpinteros, que han tirado las herramientas o las han vendido en San Telmo, él decidió guardarlas, conservándolas y pudiendo armar hoy este museo.
Para quienes apoyamos y defendemos este tipo de emprendimientos, que mantienen viva la historia del país, siempre será una buena noticia la difusión y promoción de estos lugares. Por eso, también es una gran noticia que algunas agencias de la capital se hayan interesado en el proyecto y se vayan sumando, ayudando de esta forma a difundir y hacer más conocido un lugar con tanta historia.


Una historia con sombrero
Para ir cerrando esta nota, otra historia que nos contó Horacio es la de un busto de Carlos Gardel que también forma parte de este museo a cielo abierto. Una reliquia rescatada que fue regalada a su padre, Pocho.
La divertida anécdota sobre ella es que, cuando lo recibió, el busto estaba sin sombrero. Pero, como muchas de las personas que lo veían le decían que ese busto era de Perón —y él tenía sus raíces antiperonistas—, decidió colocarle el sombrero para darle el toque distintivo y un mayor parecido al Zorzal Criollo. Con el tiempo, Pocho fue dejando de lado ese antiperonismo: «Él había participado de la huelga de los locos, del año ’56, y había quedado muy enojado con Perón. Con el tiempo, pudo entender muchas cuestiones, que la culpa no la había tenido Perón, y terminó muy contento».
Así nos despedimos de Horacio y de las personas que mantienen este lugar, una cita obligada para quienes visitan Buenos Aires y se interesan por la historia que rodea al Riachuelo y la ribera, donde comenzó a gestarse la patria diversa que hoy es la Argentina.

Dejamos aquí unos enlaces para quienes quieran saber más sobre el museo y sobre cada una de las iniciativas que lleva a delante la municipalidad de Avellaneda.







