Quienes visitan la ciudad de Buenos Aires por primera vez suelen tener a La Boca como uno de sus principales destinos, con Caminito y todo el atractivo de sus calles, ferias y monumentos. Lo que no todos saben es que, a muy pocos metros, cruzando el Riachuelo y ya en el partido de Avellaneda, se encuentra la Isla Maciel, un barrio con una historia y una estética estrechamente vinculadas a las de su vecino porteño. La Isla guarda historias marcadas por el trabajo, el fútbol, el arte y la identidad de sus vecinos. El Manifiesto te invita a hacer este recorrido por uno de los barrios menos conocidos del sur, en el Gran Buenos Aires.
El municipio de Avellaneda ha implementado una serie de iniciativas de promoción turística que apuntan a poner en valor sitios y recorridos poco conocidos para los visitantes. En ese contexto, una de las propuestas más interesantes es la visita a la Isla Maciel.


Ubicados en la rotonda de Almirante Brown y Pedro de Mendoza, en el barrio de La Boca, comenzamos el tour con nuestro guía Maxi, quien nos fue contando la historia desde los inicios del Puente Transbordador Nicolás Avellaneda, un paso obligado para llegar a nuestro destino.
“En pleno contexto del modelo agroexportador, el primer puerto de la ciudad de Buenos Aires se encontraba en la boca del Riachuelo. Por eso, muchas industrias, frigoríficos y astilleros comenzaron a instalarse en ambas orillas, lo que generaba un movimiento constante de obreros. El principal medio para cruzar eran los botes y algunos puentes rudimentarios.
En 1909 se comenzó a construir el Puente Transbordador Nicolás Avellaneda, que tiene la particularidad de haber sido construido íntegramente en Inglaterra. Se lo trasladó en barcos y acá se lo ensambló. Lo único de construcción nacional son los pilotes de cemento que lo sostienen. El puente se inauguró en 1914 y, en su momento, llegó a transportar casi 18.000 obreros.
En cuanto a su capacidad, cuando volvió a funcionar con fines turísticos podían pasar entre 35 y 60 personas. Entiendo que, en sus comienzos, entraba la cantidad que físicamente se podía. Incluso llegó a transportar al tranvía. El puente funcionó con regularidad hasta la década del 40, cuando comenzó a hacerlo de manera más esporádica. Finalmente, en la década del 60 dejó de funcionar definitivamente.
Sufrió varios años de abandono, hasta llegar a su momento más crítico, en la década del 90. Fue entonces cuando se intentó venderlo como chatarra. Pero por suerte, los vecinos tanto de La Boca como de la Isla Maciel se manifestaron para impedirlo, ya que el puente es un elemento muy identitario del barrio. De esta manera, lograron que se lo declarara patrimonio histórico nacional y que se lo conservara.
Sin embargo, sus años de abandono continuaron hasta 2014, cuando, con motivo del centenario, se intentó ponerlo en valor. En medio de tantos años de abandono se había instalado un caño de gas, algo que representaba un problema por las vibraciones del puente. A pesar de esto, encontraron una solución: pudieron pasar el caño por unos túneles subterráneos que existen en la zona, previamente limpiados y puestos en valor. Una de las historias que nos cuentan los abuelos sobre esos túneles es que se utilizaban en la década del 70 para traficar cosas de una villa a la otra.
Así continuaron los intentos para que el puente volviera a funcionar, hasta que en 2018 la UNESCO le otorgó el Escudo Azul, una protección para bienes culturales en caso de conflicto bélico. En 2020 volvió a funcionar para el cruce de personas y, en 2023, se puso en marcha el circuito turístico “El puente y sus dos orillas.
Volviendo al pasado, tenemos que mencionar el primer gran cambio que sufrió el Puente Transbordador Nicolás Avellaneda: en la década del 40 comenzó a funcionar de manera más esporádica, en parte porque el uso del automóvil se estaba haciendo cada vez más popular y el transbordador comenzaba a quedar obsoleto. Por eso se construyó el nuevo Puente Nicolás Avellaneda, inaugurado en 1940. Su arquitectura es diferente de la estructura ferroviaria e inglesa del transbordador: tiene una presencia mucho mayor del hormigón e incorpora el paso vehicular y peatonal. Una particularidad de este nuevo puente es que cuenta con su propio sistema transbordador, ya que se seguían cruzando distintos tipos de cargas. En una película de Palito Ortega, “Los muchachos de mi barrio”, se puede ver a su personaje cruzando por ese sistema. Otra particularidad es que cuenta con una parte metálica elevadiza que debía levantarse para permitir el paso de los barcos. Eso da una idea del gran tamaño que tenían las embarcaciones que circulaban por el Riachuelo.«
Luego de cruzar el nuevo puente, llegamos a la Isla Maciel, perteneciente a la localidad de Dock Sud, en el partido de Avellaneda. Hay que remarcar el fuerte sentido identitario que existe en la Isla Maciel, ya que muchos vecinos no se sienten de Dock Sud, sino de la propia Isla Maciel. La idea del recorrido, nos comentaba nuestro guía, es ir rompiendo con ciertos mitos estigmatizantes del barrio. El primero tiene que ver con su nombre.
“¿Por qué se llama Isla, si no es una isla? Una de las teorías tiene que ver con su separación de la Capital por el agua, es decir, el Riachuelo. En su momento, además, estaba separada del resto de Avellaneda por el arroyo Maciel y por otro afluente que terminaba de aislarla, por lo que tenía características de isla. Hoy esa teoría ya no funciona porque el arroyo está entubado y pasa por debajo del barrio desde la década del 70.
La otra teoría tiene que ver con los primeros pobladores. Nos remontamos muchos años atrás, hasta el siglo XVII, cuando comienzan a repartirse las tierras. Uno de los primeros Maciel que se instala en estas tierras pone un criadero de vacas.
Más adelante, en el siglo XVIII, Juan Maciel del Águila fue muy importante para la zona porque hizo una gran plantación de árboles y la convirtió en un lugar de recreo, donde la gente de mayor poder adquisitivo de Buenos Aires venía a esparcirse. Algo similar a lo que ocurre hoy con el Tigre. En ese momento, a ese conjunto de árboles también se lo denominaba ‘isla’. Puede ser que ese sea el origen del nombre.
Y, un poco más cerca en la historia, aparece el más conocido de los Maciel, Cosme, político santafesino, quien fue desterrado de Santa Fe en 1824 y se instaló en esta zona. Allí desarrolló actividades vinculadas con la construcción naval y tuvo uno de los primeros astilleros, en un contexto de crecimiento de la actividad portuaria”. La explicación histórica más difundida también vincula el nombre de la zona con Cosme Maciel, quien se instaló en la desembocadura del Riachuelo luego de su destierro de Santa Fe y desarrolló allí actividades vinculadas con la construcción naval.«


Luego de esta introducción, nuestro guía nos fue contando sobre el origen particular de los materiales de las construcciones, algo que también caracteriza al barrio de La Boca, del otro lado del Riachuelo.
“La explicación está en los puertos y en los astilleros: la gente solía utilizar las chapas y maderas que sobraban de las embarcaciones. Y lo mismo ocurre con los colores: se utilizaban las pinturas que sobraban y de ahí surgió esa particular combinación de colores.«
El ingreso al barrio lo hicimos por la avenida principal, que homenajea con su nombre a José María Montaña: «Él fue un prócer acá en la Isla Maciel. Fue suboficial del cuartel de bomberos voluntarios y, al igual que en La Boca, estamos hablando de una institución muy respetada, por el tipo de construcciones y la gran cantidad de incendios que se produjeron a lo largo de la historia. José María Montaña falleció justamente en un incendio y, en homenaje a él, se le puso su nombre a esta calle, la avenida principal. En sus tiempos de esplendor, cuentan los vecinos que esta calle era como la Corrientes de la Isla Maciel, por la gran cantidad de obreros que circulaban. En una de sus esquinas había cuatro bares históricos muy emblemáticos, donde los obreros, cuando terminaban su jornada de trabajo, venían a tomar algo. Si bien esos bares hoy ya no existen y la actividad comercial es escasa, muchos de los avances que se han dado han sido por iniciativa de los vecinos”.
A mitad del recorrido nos detuvimos un momento en la plaza José Hernández, la principal de la isla.
“Esta plaza fue reinaugurada en 2022. La mayoría de las plazas de aquí tienen una estructura similar, donde hay espacio para la recreación, la actividad física y el deporte. También funcionan como lugares de reunión social de los vecinos. De ahí la importancia de la incorporación de luminarias LED”.
El momento también dio para hablar un poco de cine.
“A lo largo de la historia, muchas películas se han grabado aquí, en la Isla Maciel. Una de las primeras es ‘Riachuelo’, de 1934, con Luis Sandrini. Allí se puede ver claramente ese momento de auge industrial de la Isla Maciel.
Otra, quizá la más emblemática, es la película ‘La Mary’, donde Susana Giménez y Carlos Monzón se conocen. La película es de 1974, pero está ambientada décadas atrás. Por eso, el director, al ver que la Isla conservaba una arquitectura que podía representar aquella época, decidió filmar acá. La existencia de ambas referencias cinematográficas está documentada: “Riachuelo” es de 1934 y “La Mary”, dirigida por Daniel Tinayre y protagonizada por Susana Giménez y Carlos Monzón, se estrenó en 1974.
Existe una idea general estigmatizante hacia el barrio que no nació de la nada, sino que se fue construyendo con el tiempo a partir de distintos sucesos. En la época de esplendor, la industrialización trajo lo bueno, pero también trajo lo malo, como la delincuencia y la prostitución. Cuando el puerto se desafectó definitivamente de esta zona, se llevó lo bueno y dejó lo malo. Pero en los últimos quince o veinte años la situación ha cambiado mucho. Desde el municipio y también desde iniciativas vecinales se intenta modificar un poco esa imagen, por ejemplo, a través del turismo, invitando a la gente a que venga, conozca el barrio y vea las cosas que se han hecho.
Hoy en día ya no hay prostitución y, si bien hay inseguridad, como la hay en el centro de Avellaneda, en La Boca o en el Obelisco, porque es una problemática que nos atraviesa como sociedad, ya no es un barrio tan inseguro como era antes”.

Otra particularidad que llamó la atención en el paisaje de la isla es la gran cantidad de murales. «Estos nacen de un proyecto de la Escuela N.º 24 llamado “Pintó la Isla”. La idea era involucrar a los chicos y llenar muchas paredes abandonadas. El proyecto comenzó a llamar la atención de artistas no solo nacionales, sino también internacionales, que se acercaron y se sumaron a pintar. Allí surge también la idea del Museo Comunitario de la Isla Maciel, una iniciativa de los vecinos que busca modificar la imagen que se tiene del barrio y darle otra vida. Otra iniciativa importante es el polideportivo, que contribuye a que los chicos y la sociedad en general puedan permanecer en el barrio y desarrollar su vida en el lugar en el que nacieron.«
Otros lugares que visitamos fueron el jardín maternal, ubicado donde anteriormente estaba la primera iglesia, que sufrió un incendio y luego fue demolida. Allí se construyó la capilla “Nuestra Señora de Fátima”, que tuvo como uno de sus párrocos más importantes al padre Paco.
«Cuentan los vecinos que el padre Paco cambió la relación de la iglesia con el barrio y la hizo mucho más cercana, sobre todo con los chicos y sus problemas. Otra de sus obras importantes fue colaborar con la Fundación de la Isla Maciel. Su presencia marcó también toda una época, de la que datan otras iniciativas importantes, como el polideportivo, el proyecto “Pintó la Isla” y la Fundación, acciones que contribuyeron a transformar la vida del barrio.«
Obviamente, el fútbol no podía estar ajeno, si hablamos de recorrer uno de los conglomerados urbanos con mayor cantidad de estadios en el mundo…
«Entre los elementos identitarios de la isla también está el fútbol y, particularmente, el Club Atlético San Telmo. El club fue fundado en la ciudad de Buenos Aires y tuvo allí su primera cancha, pero desde 1929 tiene su estadio en la Isla Maciel, donde disputó su primer partido oficial el 22 de noviembre de ese año. Desde entonces, el club forma parte inseparable de la identidad de la Isla. Entre los murales destacados tenemos el de Federico “el Mago” Coronel, un jugador de la década del 70 que, según nuestro guía, estuvo presente en dos de los hitos más importantes de la historia del club: uno, el ascenso, y el otro, la victoria por 3 a 1 frente a Boca.
Actualmente, el club compite en las categorías del ascenso del fútbol argentino. Los dirigentes cuentan siempre el esfuerzo que representa para la institución cada avance de categoría, al enfrentarse cada vez con clubes de mayor convocatoria, no solo de hinchas sino también de periodistas.
Otro dato curioso tiene que ver con el color de su camiseta. El primer juego de camisetas era azul y blanco, pero con los lavados se fue destiñendo hasta llegar a los colores que finalmente adoptó el club: azul y celeste. El propio San Telmo mantiene esta versión en su historia oficial.«
La caminata llegó a su fin después de recorrer un barrio que, pese a encontrarse a pocos metros de uno de los sectores turísticos más conocidos de Buenos Aires, conserva una identidad propia y una historia que merece ser contada. La Isla Maciel permite descubrir otra de las caras del Riachuelo: la de un territorio marcado por el trabajo, la inmigración, el fútbol, el arte y, sobre todo, por la identidad de quienes lo habitan.
El recorrido terminó con una visita al Museo Carpintero de Ribera, un espacio que guarda otra parte de la historia de este particular barrio de Avellaneda. Pero esa será historia para nuestra próxima nota.







