Lucas Campos es un joven escritor de cuentos. En sus relatos, el fútbol convive con la amistad, los vínculos familiares, el amor, las derrotas y las pequeñas alegrías cotidianas, con una mirada que convierte a la pelota en una excusa para hablar de la vida. A sus 31 años lleva publicados dos libros: «Lo que hay en juego», de 2021; y «El mejor verano de nuestras vidas», de 2023, con vivencias y reflexiones sobre la consagración argentina en Qatar, nacido en un contexto muy particular de su vida personal.
Durante una visita a la ciudad de Buenos Aires, pudimos encontrarnos con él y charlar de diversos temas, sobre todo su último libro y sus dos grandes pasiones: el fútbol y la literatura.
Entrevistador: ¿Cuándo se te dio por empezar a escribir?
Lucas Campos: Mi primer libro es del 2020, en pandemia.
E.: ¿Y empezaste con el libro o de antes ya venías escribiendo relatos independientes?
L.C.: Sí, yo en realidad hice la carrera de periodista y licenciado en comunicación social; y tuve un profesor que se llama Ariel Scher. En ese momento yo cubría la campaña de Independiente para un programa que se llama «De la cuna al infierno» y hacía las crónicas de los partidos. Pero hubo un momento en que me aburrió eso, eran demasiados datos técnicos y se me dio la idea, a través de este profesor, de empezar a contar cuentos de los partidos de fútbol. Ahí arranqué con lo que se llamó primero «Historias rojas», con un cuento de cada partido de Independiente. Y después me animé a escribir cuentos de fútbol de personas que conocía del ambiente, de mis amigos, historias de vida de la calle. Así fui recolectando varios cuentos que se reproducen en mi primer libro que se llama «Lo que hay en juego». Pero básicamente, la idea surge cuando yo era cronista y quise cambiar el contenido de lectura de la gente que leía las crónicas de Independiente.
E.: ¿Y esto en qué año fue?
L.C.: Y esto fue en el año 2015…
E.: De acuerdo a lo que pude leer en tus libros y la esencia de esas historias… ¿sentís que el fútbol es un espejo de la vida? ¿O que a través del fútbol se puede explicar un poco la vida..?
L.C.: Totalmente las dos cosas. Porque en el ámbito profesional tuve la suerte de poder conocer a muchos jugadores de fútbol y a muchos chicos de inferiores que toda su vida apostaron a llegar a primera, a cumplir un sueño, a redimirse económicamente, salvar a su familia, y así terminó siendo una parte importante de su vida. Y a nivel familiar, el fútbol te hace forjar relaciones de amistad, de amoríos, relaciones familiares… Porque cuando uno ve un partido sí o sí recuerda a aquellos que nos hicieron hinchas de un equipo, o que nos acompañaron por primera vez a la cancha, o que nos acompañaron en algunos momentos. El fútbol siempre está metido en el medio de todo lo que hacemos, y por eso es imposible que no esté relacionado con la vida. Una vida que todos los días es una lucha y el fútbol explica eso: hoy perdés, pero la semana que viene tenés revancha. Entonces esas son las historias que yo trato de revalidar, y sobre todo las historias que los futboleros tenemos con nuestros amigos. El partidito de fútbol de cada semana es una excusa para vernos, para relacionarnos, para hacernos chistes, para preguntarnos cómo estamos… todas esas relaciones tienen como mediación al fútbol.

E.: También vemos muy presente en tus relatos el tema de lo cotidiano, el bar, la mesa de café, ¿cómo fue surgiendo eso?
L.C.: Eso es estrictamente porque yo tengo un grupo de amigos de toda la vida que mantiene esas costumbres, siempre nos juntamos y charlamos de fútbol, de los distintos equipos (cada uno tiene el suyo, está bastante variado en ese sentido), hacemos comparaciones con las distintas épocas. En definitiva, hacemos una mesa de debate que creo que hoy poco a poco se va perdiendo. Las nuevas generaciones no lo palparon; hoy las redes sociales hacen que el debate sea más inmediato y sin una presencia al frente. Pero básicamente nace del grupo social del que me tocó formar parte: esos amigos futboleros de toda la vida y ese ritual de juntarnos.
E.: Cuando pensaste en publicar, ¿tuviste muchas dificultades con el tema económico o con las editoriales?
L.C.: Dificultades no, pero cuando uno publica por primera vez se mete en un mundo desconocido y surgen muchas dudas. Económicamente es un esfuerzo grande y siempre está la duda de no saber si el libro se va a vender como para recuperar el gasto. Pero después de publicarlo uno tiene la experiencia de que publicar un libro te da una satisfacción que no tiene que ver con que tenga rédito económico o no, sino con el hecho de ver plasmados tus textos en un libro. Eso es una recompensa para mí. No hace falta el rédito económico. Si se da, obviamente que mucho mejor, pero con que el libro lo hayan leído mis amigos, con que una sola persona me haya mandado un mensaje diciendo “che, me sentí representado en tus cuentos”, eso a mí ya me basta.
E.: ¿Creés que hoy en día es difícil mantener el oficio de escritor? Existe un imaginario de que el escritor es un tipo que vive de eso, totalmente acomodado económicamente…
L.C.: Sí, yo creo que acá en Argentina eso no sucede. Y en mi caso yo no vivo de eso, yo tengo mi trabajo. También hay una realidad y es que las editoriales le dan un porcentaje muy bajo a los autores. En mi caso, yo tengo la posibilidad de comprar a un bajo costo los ejemplares y venderlos por mi cuenta. Eso me favorece un poco más, pero los que dependen cien por ciento de la editorial, el porcentaje que se llevan es muy poco. A su vez, hoy en día hay muchas más posibilidades para publicar que antes, las editoriales se ramificaron y uno tiene más acceso a la publicación de un libro, pero, de todos modos, creo que hoy son muy pocos los escritores que pueden vivir de eso.
E.: ¿Cuáles fueron tus influencias literarias? Nombraste a Ariel Scher…
L.C.: Sí, Ariel Scher, porque fue mi profesor, lo conocí ahí. Y después me enteré de su carrera, que es extraordinaria. Sinceramente, yo a la literatura futbolera llego a partir de la facultad, porque antes era más de leer otras cosas. En la facultad conocí autores, como Dolina, Soriano, Sacheri y un montón de otros más, que lo que me gustó de ellos es que retrataban al hincha de a pie, y eso, para mí, lo que es la identificación popular, no tiene precio. Cuando el escritor se identifica con el pueblo es porque le llega. Y está bueno que la gente que por ahí no es muy lectora, pueda acceder a esos textos.
E.: Justamente quería preguntarte por eso: muchas veces se desprecia a la literatura futbolera o deportiva, tildándola de algo “menor”, por quizás no entrar en el canon clásico, pero ¿Creés que este tipo de literatura es una puerta para que, sobre todo los chicos más jóvenes, entren al mundo de la literatura?
L.C.: Sí, totalmente. Porque yo creo que los pibes que arranquen a leer, ya sea cuentos, como otro tipo de libros futboleros, van a encontrar un mundo que hoy no lo tienen en las pantallas. Y en el fútbol hay un montón de cosas que no se cuentan: el fútbol nace como una expresión popular de lucha, un deporte en el que los de abajo le empiezan a ganar a los de arriba, los de arriba se preocupan y empiezan a formar sus propios clubes, otros clubes que se independizan, como Independiente, que se independiza de Banfield y Maipú, con luchas sociales, con revoluciones, con política, con poder, con un montón de historias que se dieron a lo largo de la historia del fútbol. Pero todas esas historias, por una cuestión de consumo y de economía, no se transmite en las pantallas. Todo eso lo van a encontrar en los libros. La historia de los jugadores, como Sócrates, como Maradona, como Bochini, como Pelé, de dónde surgieron, qué complicaciones tuvieron, todas esas historias no las van a encontrar en las pantallas. Un ejemplo actual sería Luka Modric, que pasó una infancia durísima en la guerra y que sin embargo salió adelante y se convirtió en un mega crack. Eso por una cuestión lógica de inmediatez no lo van a encontrar en las pantallas pero lo van a encontrar en los libros.
E.: Sobre el último libro, ¿cómo se dio? ¿Empezaste a escribir partido por partido y después pensaste en el libro? ¿O cómo se dio?
L.C.: No, yo arranco a escribir cuando Argentina sale campeón de la Copa América en pandemia, con el gol de Di María. Y la decisión final del libro fue porque mi viejo fallece justo un mes antes del mundial, él amaba el fútbol, era fanático de Messi. Y ahí decido escribir el libro: mi duelo iba a ser transitar el mundial, por un lado estando mal, pero también sabiendo que el mundial me da alegría. Tenía que tratar de disfrutar del mundial sin olvidarme de lo que me pasó, y por eso también en el libro menciono el hecho de que a los argentinos siempre los mundiales nos encuentran en crisis, y buscamos en el fútbol ese escape que nos dé una alegría que nos escasea.

E.: Y esa mirada entre lo nacional y lo personal, es un paralelismo con la crisis personal que te tocó vivir, ¿no?
L.C.: Sí, y también me pasó que me encontré con gente que me dijo que se sintió representada con el libro, por cosas que le pasaron. Y la idea es esa, que el que lo lea, entienda que el fútbol no forma parte solo de un resultado sino también de momentos pequeños que nos hacen felices. Yo siempre pongo el mismo ejemplo: el fútbol no justifica todo, pero si un futbolero alguna vez tuvo un muy mal día y esa noche juega su equipo y gana, esa persona se va a dormir con una sonrisa. Y esa sonrisa vale. En un momento en que la vida cuesta cada vez más, abrazarse a esos momentos, vale la pena. A su vez, si nos gusta el fútbol es porque alguien nos hizo que nos gustara, y el fútbol nos permite también reconectar con esa gente, y así un montón de historias que escapan a un resultado.
E.: Mientras te escuchaba, pensaba en la pregunta anterior también, me recuerda a la crítica que muchos hacen a la pasión futbolera por esa falta de utilidad…
L.C.: Es que el fútbol es una construcción de identidad total. Uno en la vida no se abraza con un desconocido, y en la popular, sí. Porque en el medio está el amor por ese equipo, que nos transmitieron ya sea, un papá, una mamá, un abuelo, un amigo, y eso es más fuerte que todo. Sigo sin justificar un montón de cosas malas que ocurren en el fútbol, como la violencia; pero sin duda que el fútbol es una construcción cultural identitaria, sobre todo acá en Argentina.
E.: Algo lo hablamos al principio, pero digamos que más allá de las ventas, estás conforme con tu última publicación…
L.C.: Sí, porque para mí el hecho de publicar este libro era una revancha personal, para explicar lo que me pasaba a mí en el medio del mundial, con el tema de mi viejo. Entonces yo quería que eso estuviera plasmado en un texto. Y la verdad es que la editorial se portó muy bien, fueron muy pacientes, un amigo que hizo los dibujos también me ayudó bastante… y la verdad es que estoy muy conforme porque se cumplió todo como quise.
E.: También me decías que ya no estás ejerciendo lo que es el periodismo…
L.C.: No, yo ahora tengo otro trabajo administrativo, ya hace trece años. Antes tenía a los dos, y el último medio en donde estuve fue en Noticiario Sur de Mataderos, que para mí es como mi segunda casa, pero se hizo muy difícil y no pude seguir, por una cuestión de tiempo. Y no sé si en algún momento voy a volver ahí, creo que la escritura es mi lugar donde me siento bien.
E.: Sabemos que sos fan del rojo, y haciendo una relación con el famoso “paladar negro” de Independiente, ¿cuánto de ese paladar trasladás a tu escritura?
L.C.: Lamentablemente yo no viví la mejor etapa. Tengo 31. Pero haber trabajado en el club me permitió saber mucho de la historia, y hay un debate con respecto al paladar negro. Si bien es algo que existe, hubo equipos muy duros que también marcaron una época, y existió un equilibrio entre los que jugaban bien al fútbol y los que defendían, pero sí, Independiente representa eso. Y para mí, paladar negro significa “exigir”. La exigencia de que estás en un club grande y hay que jugar bien al fútbol y hay que ganar. Es su identidad. Y sí, la vuelco en algunos textos relacionados con Independiente. Por ejemplo, en las “historias rojas” en las que contaba cuentos. Y es así, cualquier hincha que vaya a la cancha, aunque no sea de Independiente, se da cuenta de que no es lo mismo para la gente ganar jugando bien que ganar jugando mal.
E.: Y entre tantos recuerdos de la infancia que tendrás, desde la primera vez que fuiste a la cancha, ¿hay algunos que todavía no hayas trasladado a tu escritura, a tus cuentos?
L.C.: Sí, del primer partido que fui a la doble visera, que fue en el 2002, con Unión, el año en que salimos campeones, me acuerdo todo, cada detalle. Y sí, esa es una cuenta pendiente.
E.: ¿Cómo creés que pueden resonar tus historias que están relacionadas muy con lo porteño, con el bar, en alguien que lo lee en Córdoba o en pueblos más chicos del interior del país?
L.C.: Yo creo que va a resonar mejor que para los que lo leen en Buenos Aires. Porque yo tengo familia en Córdoba, en Ascasubi, y conozco el interior de país. Y yo siempre digo que las provincias son más futboleras que Buenos Aires. Vos, provincia adonde vas, hay una liga, y ligas donde se juega fuerte, donde hay dinero, donde se juega, se mete, se pudre… el fútbol está presente en cualquier pueblo, por más chico que sea, y participa en una liga. De hecho, la mayoría de los jugadores que vienen acá a los clubes y debutan en primera son de las provincias. Sino mirá la selección Argentina… Y eso es porque, hasta geográficamente, las provincias permiten un mayor desarrollo del fútbol que en Buenos Aires, donde es más difícil encontrar una cancha para jugar. Por un lado eso, y por otro, yo en muchos cuentos nombro lugares, muchas provincias, así que sí, se van a sentir muy identificados.
Sobre la última respuesta de nuestro entrevistado, no podemos dejar de mencionar un cuento que está en su primer libro, que se llama «Una pelota de cuentos» y habla, justamente, de un niño al que se encontró en un viaje por el norte de país, con un particular fanatismo: una historia muy cómica, imperdible.
Así nos fuimos despidiendo de Lucas Campos, en aquel pequeño café porteño de la calle Lima. Con una historia personal que cala hondo, sobre todo en quienes amamos el fútbol, y sentimos la importancia de los afectos y la familia: pocos días antes de comenzar el mundial de Qatar, Lucas tuvo que sufrir la desgracia de la pérdida de su padre. Quien lo había llevado por primera vez al estadio de la doble visera, la vieja cancha de Independiente, y le había infundido su amor por el fútbol y por el rojo, un fanático de Messi, dejaba el mundo justamente días antes de la consagración definitiva del rey del fútbol.
Ese hecho luctuoso lo llevó a vivir el mundial al tiempo que también sobrellevaba su duelo. De esa convivencia entre el dolor íntimo y la alegría colectiva nació «El mejor verano de nuestras vidas», un libro que confirma que, para Lucas Campos, el fútbol nunca fue solamente un juego, sino otra manera de contar la vida.







